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UNAS VACACIONES DIFERENTES (7-8). El diario de Isabel.
La Grande Route, a la altura de Bebetja estaba anegada; la lluvia había sido intensa por la zona. Una larga caravana de camiones se encontraba detenida delante una señal de stop clavada en un tronco que sobresalía de un bidón colocado en medio del camino. Advertida por el Padre y para evitar problemas, interrumpí la filmación y guardé la cámara. Avanzando despacio junto a los camiones detenidos llegamos hasta la señal. Un hombre de mediana edad de aspecto tosco y mirada escrutante nos observaba. El paso a camiones estaba prohibido por la gran cantidad de barro presente en el camino y también por los grandes charcos que eran trampas fáciles para los vehículos pesados pero el paso a vehículos ligeros se permitía opcionalmente dependiendo del vehiculo y del conductor... Conocían el vehiculo y la carga que llevábamos para el hospital permitió que prosiguiéramos nuestro camino con cautela, sorteando grandes charcos, y algún que otro susto por en medio. Admiré al Père por su destreza al volante haciendo uso de las marchas cortas y entrando lateralmente en los grandes charcos como si quisiera evitarlos saliéndose incluso de la ruta campo a través... Un poco mas confiada, filmé secuencias de charcos, baches, de vehículos volcados aparatosamente o atrapados en el barro junto a imágenes de paisajes inolvidables. Llegando a una zona mas seca, tomamos un desvío a la izquierda sin indicación alguna. Dejábamos la Grande Route y nos adentramos en una pista secundaria que apellidó “ la voie directe a Goundi”. Me sentí como partícipe en un anuncio de Saimaza... o en una competición tipo Camel Trophy. La vegetación cubría el camino... quizás el último vehiculo que pasó por allí, era el mismo Toyota en que viajábamos... De vez en cuando, ramas de arbustos golpeaban el parabrisas y hacían que Gherardi y Mario apartaran sus brazos evitando ser dañados. Ver los pequeños poblados con chozas redondeadas con su techo de paja y niños desnudos gritando... Lalee... laleee... a nuestro encuentro era emocionante... mujeres cargadas con niños en su espalda y grandes cuencos sostenidos en la cabeza con equilibrio increíble... Todo era colorista, diferente, ¡¡¡auténtico¡¡¡ El resto del viaje hasta Goundi, filmé, filmé y filmé embebiendo a través del objetivo la luz, color y olor del Tchad. Antes de conocer Goundi, sabía que iba a gustarme, lo que íbamos viendo y asimilando por el camino más las precisas explicaciones del Padre hicieron que las catorce horas (en aquella ocasión) de viaje pasaran deprisa y la curiosidad por conocer a misioneros, monjas y hospital aumentaran. La llegada fue genial: Un grupo de niños al oír el sonido del motor salieron al encuentro del Toyota gritando ¡¡Lalé... lalé!! con fuerza y alegría. Destacaba el verdor del mijo y el sorgo entre la tierra rojiza que rodeaba las humildes payotas... me parecían imágenes de cuento con la sensación añadida de que el tiempo iba a otra velocidad. Mi retina, y ya no el objetivo de la video-cámara, captaba imágenes de la cotidianidad... niños con grandes troncos de leña en la cabeza, mujeres alrededor de un pozo llenando bidones y cuencos, una cabra perseguida por un niño desnudo... un sinfín de imágenes percibidas como una estampa de pesebre de un “village" que prometía ser un lugar tranquilo que respiraba un bullicio sereno y un calmado ajetreo. Llegados a la misión, salieron a recibirnos dos misioneros jesuitas, el padre Francesc Cortadellas, catalán de unos 50 años y el también médico Leopoldo Labrin, chileno de unos 30 años. A las salutaciones de bienvenida se sumaron tres monjas de la Charité: sœur Maria Grazzia , sœur Agostina y sœur Dominique. Todos ellos transmitían alegría y afecto. Nos acomodaron en la propia casa de los padres jesuitas, en una habitación junto a las suyas, todo acompañaba tanta sencillez que nos sentimos dos más entre ellos. En la puerta de nuestra adjudicada habitación, un flamante letrero anunciaba... ¡Bienvenidos a Goundi...! ¡Lalé.. Lapia! junto a un dibujo de una choza de paja con dos negritos saludando. En la estancia tipo celda habían colocado dos camas de hierro muy juntas con una única mosquitera y una colcha que no llegaba a cubrirlas. ¡Todo un detalle convertir para nosotros la estancia en celda nupcial! Un aseo separado por un fino tabique incluía water, ducha y lavabo con una pastilla grande de jabón Lux. Como broche final, sobre la mesa escritorio, un jarrito con flores silvestres y un cuenco lleno de caramelos descubrían el toque de ternura de las monjas. Verdaderamente gente encantadora. Si la primera impresión es la buena... creo que eso dicen... para nosotros lo fue.
Isa
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Este sitio se actualizó por última vez el 31 jul 2008 |
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