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UNAS VACACIONES DIFERENTES (1-2).

El diario de Isabel.

 

Descubrí unas vacaciones diferentes en el 92, cuando fui con Mario (mi marido) al hospital de Goundi en el Tchad. Se trataba de hacer “nuestras vacaciones” cooperando voluntariamente en una misión Jesuita. África no me era extraña; había hecho bastantes “pinitos”, sin embargo me sentía nerviosa y con curiosidad por conocer un ámbito desconocido y apartado de la civilización, sin luz, sin agua corriente, sin confort... en fin, con un montón de sines. Preparar la maleta me creó un conflicto ¿que llevar?... Pasaporte, visado, cámara, diccionario de francés (es zona francófona) repelente de insectos, algún libro... pero ¿tendría tiempo para leer?, mis cremas, tinte para el pelo, depilatorio...etc. ¡¡En dos meses, podría estar canosa, peluda y bigotona!!... linterna, pilas de repuesto, conexión para baterías… ¡No había corriente eléctrica! (hoy en día tampoco).

A medida que la maleta se llenaba, contaba los días que faltaban para salir hacia N’Djamena, su capital. La emoción ante la partida aumentaba, deseosa por descubrir un modo de vida distinto del habitual.

Salimos vía París-N´Djamena una mañana de Julio con 60 Kg. para facturar y en mano 2 mochilas de 20 y 25 kg., el macuto de la cámara repleto de películas, carretes y también muchos interrogantes.

En el avión olvidé pronto lo que dejaba atrás: Una casa con dos hijos de 18 y 19 años a los que dábamos la oportunidad de descubrir su autosuficiencia y saborear la “libertad” concedida. Quedaba atrás... trabajo, familia, amigos, dos perros... ¡todo!

Por delante se abrían un sinfín de posibilidades; descubrir  lo desconocido, convivir con otra raza, ejercer una sanidad con apenas medios, conocer el mundo de misión, experimentar de cerca la vida religiosa... etc.

A su vez, tantísimas preguntas... ¿sería valiente?, ¿racista?, ¿capacitada?, ¿tolerante?,  ¿resistiría?..., ¿enfermaría?...

En Charles de Gaulle, puerta de embarque 46, todos los pasajeros eran de color, nosotros destacábamos como turistas desubicados.

Se añadió al grupo una escuálida mujer de tez pálida con el pelo muy corto, sandalias y un sencillo vestido de algodón gris. Del cuello, le colgaba una cinta con una pequeña cruz. Viajaba con un bolso y dos tubos alargados con la etiqueta “fragile”. La catalogué como monja y no me equivoqué; hablaba con un hombre de mediana edad enérgicos movimientos y barba blanca en el que destacaban sus enormes sandalias que mostraban unos pies grandes y descuidados. Les oí hablar de unos envíos y material escolar (eran misioneros).

Poco antes del embarque apareció una recia mujer de color ataviada con un floreado vestido largo ceñido al talle y pañuelo a juego enroscado en  la cabeza; llevaba  zapatos de altísimo tacón y exagerados pendientes de oro. Sostenía varias carpetas y un diminuto bolso, desproporcionado a su talla.

Sería alguien importante pues dos hombres bien trajeados de color salían a su encuentro con actitud protectora.

Me extrañó no ver niños, adolescentes o turistas entre nosotros... ¿sería por el precio del billete? (¡era carísimo!).

Sin conocer aún el país, sentada ante la puerta 46, pensé que el Tchad no iba a ser un lugar paradisíaco

 

Isa

 

Este sitio se actualizó por última vez el 31 jul 2008